A veces nos aferramos demasiado a la idea romántica, barata, y de placer instantáneo de lo que significa viajar. Sobrevaloramos los momentos paradisíacos de unos esporádicos días donde nuestros problemas son olvidados o dejados de lado temporalmente. Asumimos que la vida es un contraste entre la rutina que nos mantiene atados a nuestra realidad, y el éxtasis que supone romper con lo ordinario experimentando un mundo donde sólo se elige la diversión.

Pero también existe el viaje como forma de búsqueda de uno mismo, como oportunidad para la transformación personal. Es el viaje como algo más que unas vacaciones.

Viajar tiene el potencial de descubrir quiénes somos más allá de nuestro círculo de confort. Este viajar es siempre hacia lo desconocido. No se viaja a la comodidad. Un viaje necesita de incertidumbre exterior, así como de duda interior. Se puede viajar para afrontar una verdad que no está al lado del hogar. Se puede viajar para superar unas fronteras de la mente que no afloran hasta que no pones un pie lejos de tu tierra.
Pero para afrontar un viaje de esta naturaleza, se deben adoptar dos condiciones: la dura decisión de viajar solo, y la feroz batalla por tener un propósito.
Por un lado, viajar solo no es viajar en soledad. No se debe viajar como un ermitaño, sino como sedentario. Reconocer que el mundo en su totalidad es un sitio habitable, que nos recibe con los brazos abiertos, que el hogar tiene un valor cuando se conocen las adversidades de no tenerlo, y que viajar solo no es sino una aventura para conocerlo Todo, y a todos. Viajar sólo te hace encontrarte con todo el mundo. Y el mundo te encontrará a tí. La pregunta es: ¿acaso sabes quién eres?

“Es triste que hoy en día haya tanta gente que se asuste de lo maravilloso de su propia presencia. Se mueren por atarse a un sistema, a un rol, o a una imagen, o a una identidad predeterminada que realmente ha sido fijada por otras personas. Esta identidad predeterminada puede estar en divergencia con las energías salvajes que emergen en sus almas. Muchos de nosotros realmente nos asustamos ante estas energías, hasta que finalmente cedemos. Nos decantamos por lo que es seguro en vez de arriesgarnos a lidiar con lo que es peligroso y salvaje en nuestros corazones.” John O’Donohue

Nuestra alma está deseosa de entenderse a sí misma. Si uno quiere conocerse mientras viaja, debe mantener dos tipos de diálogos sinceros. Primero, con uno mismo, sin más silencios que los de la propia mente; y segundo, el diálogo con nuevos desconocidos. La forma en que te presentes a personas desconocidas será la forma en que te verás a tí mismo renacido de los estereotipos que te han estado definiendo. Si sabes abrirle el corazón a un extraño, verás que ellos harán lo mismo. Y si no lo hacen, tu esfuerzo de sinceridad se pagará con la confirmación de ver reflejado quién eres en las palabras de la otra persona. Es más, ser incomprendido es comprenderse a uno mismo. Porque sabes que hay algo más en tí que te gustaría que fuera escuchado. No temas la incomprensión de los demás, sólo la confusión silenciada en tí mismo. Si no puedes sincerarte con un extraño, será más difícil sincerarte contigo mismo. Todos necesitamos un espejo en el que mirarnos, y el otro ser siempre va a ser una superficie idónea para reflejar la luz – y la sombra – de quien eres.

Por otro lado, se debe estar algo perdido para viajar, porque si no estás perdido no buscas nada. Si se está perdido el propósito es claro: encontrarse, o saber dónde estás, o mejor, saber a dónde deberías ir.

Antes de viajar debes haber fijado en tu mente aquellas preguntas que han estado pulsando tanto tiempo en tí: ¿qué debería hacer con mi vida? ¿cómo puedo ser verdaderamente feliz? ¿hay algo por lo que merezca la pena morir? Y más dramático aún: ¿hay algo por lo que debería vivir?
Sin un propósito detrás, todo perderá sentido tarde o temprano. Al recoger a un autoestopista en Nueva Zelanda, le pregunté por qué había viajado por tantos países. Me respondió que para escapar de lo que siempre habían esperado su familia y sociedad de él. El contraste vino al ver que mi respuesta a mi propia pregunta era: saber qué hacer al volver al hogar, cómo contribuiría a las personas cercanas y no tan cercanas a mí.

Un propósito que no incluye la felicidad de aquellas personas que quieres (y que te quieren) está condenado a abandonarse a sí mismo. O peor aún, a mentirse con una falsa satisfacción. Viajar no sirve de nada si lo haces sólo por tí. Todo crecimiento personal es un regalo que más adelante podrás ofrecer a los demás, un obsequio de comprensión, empatía, solidaridad, mente abierta. Viaja hacia tí mismo y se te abrirá el mundo.

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Cuando se viaja hay que encontrar la fortaleza que requiere lo que se afronta. Dios, la Vida, el Universo, no nos dan un desafío que no podemos superar. Pero ello siempre requerirá de todas nuestras capacidades, incluso de aquellas que no sabíamos que poseíamos hasta que llegamos a nuestro límite. Se puede crecer internamente cuando se viaja, pero uno se debe preguntar cuáles son sus debilidades, y luego decidir superarlas. Viajar es encontrarse con el primer párrafo de un libro una y otra vez. Y una y otra vez puedes ver cómo estás reescribiendo ese libro. Nuevas personas, nuevos escenarios, nuevos desafíos. El cuento es el mismo, tú eres el protagonista de la portada. Eres tú mismo quien se ha dibujado en la portada, alrededor de un mundo desconocido que espera a ser revelado. Sé consciente de tus acciones en todo momento y aprenderás lo que necesitas para seguir mejorando. Aventúrate en esas nuevas líneas que se escriben mientras vives, y luego reléelas.

«No aprendemos de la experiencia, aprendemos de reflexionar sobre la experiencia.»
John Dewey

Por eso es inconcebible crecer mientras se viaja si lo único que se afrontan son las comodidades de unas vacaciones bien pagadas, con todo el presupuesto que te puedas permitir, y con toda la compañía que has deseado. No se viaja cuando se tiene todo. Se viaja cuando se aprende de lo que se necesita. Aventúrate a algo que requiera de todas tus capacidades, y se te recompensará con el placer de estar satisfecho de haber afrontado lo Desconocido. No mires a quien tiene más, sino al que necesita menos. No te compares con el que celebra la vida en un instante de éxtasis, sino con el que contempla la vida en cada pisada, en cada encuentro, en cada vuelta a casa.