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Aprender a compartir otra vez

 

Lo que aprendimos de niños

 

Cuando éramos niños nos enseñaron a compartir lo que teníamos con los que nos rodeaban – con nuestros hermanos, nuestros amigos. Es un paso difícil, porque al dar lo que tenemos, parece que lo perdemos. Compartir mi tarta de cumpleaños, mis juguetes. “¿Por qué?”, nos preguntábamos. “¿Por qué tengo que compartir, si es mío?”. Desde una mentalidad puramente consumista, ¿realmente tengo razones para compartir lo que tengo? Si doy mi pastel a mi hermano me quedo sin pastel. Cualquier enseñanza espiritual sin embargo dice lo contrario: lo que das no lo pierdes, sino que lo ganas. Pero, ¿tiene algún sentido?

En el Principio se distingue el propósito individual y el propósito colectivo – hay cosas que hago para mi propio beneficio, y hay cosas que hago para beneficio de todos. Pero no se trata de marcar esa diferencia para enfrentar mis intereses frente a los de los demás, yo contra el mundo. Al contrario. Como cuando éramos niños, lo que aprendemos sobre todo es que no estamos solos, y que por eso compartir no es perder. Aprendimos la alegría de compartir – que la alegría es siempre algo compartido. Aunque perdiéramos el pastel para nosotros, había mucho más que ganar: amistad, confianza, buenos ratos, recuerdos. Madurar fue para cada uno el proceso de descubrimiento gradual de esta alegría que estaba más allá de mi propia satisfacción.

Fue difícil aprenderlo. Teníamos todas las razones para no hacerlo. Pero, ¿acaso no valió la pena?

Entonces, ¿por qué seguir aprendiendo?

Una vez que maduramos y encontramos a “los nuestros” –amigos, familia, aquellos con los que compartimos intereses: hobbies, ideas, estilos de vida, creencias, posiciones políticas, etc– parece que aprender a compartir se hace más difícil.
¿Por qué molestarme en compartir mi tiempo con quien no comparto nada – incluso y sobre todo cuando está cerca de mí? Muchas veces esos con los que parece que no comparto nada están además dentro de mi propia familia. Pero ¿no fue justamente en mi familia donde aprendí a compartir? ¿y no es la humanidad justamente como una familia, aquellos con los que tengo más en común, aunque no haya aprendido todavía cómo compartirlo?

Quizás, como los niños que fuimos, todavía nos queda mucho que aprender. Entonces no había suficientes razones para seguir aprendiendo lo que es compartir con otros – sobre todo aquellos con los que aparentemente no tengo nada en común –creencias, intereses, opiniones–, con los que parece que no gano nada. ¿Por qué hacerlo, por qué dar un paso más allá?

Pero ¿por qué pensar que tengo algo que perder, como el trozo de tarta cuando era niño? ¿Por qué no atreverme a compartir mi tiempo con quienes, supuestamente, no comparto mis opiniones políticas, mis intereses – no comparto nada más ni nada menos que mi condición humana, la expresión singular de la divinidad? ¿Por qué no volver a aprender la historia de lo que nos une y que más compartimos – la alegría y el tiempo de una vida?
Aprender es difícil, claro. Pero si nos atrevemos a dar el paso, quizás descubriremos que compartimos mucho más de lo que pensábamos – muchas más alegrías, y muy poco que perder. Entonces, ¿no valdrá la pena?

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